Mundo de ficçãoIniciar sessãoVALENTINO
El médico se me acercó secándose las manos con una toalla de papel.
—La paciente perdió el embarazo —informó el doctor en voz baja—. La pérdida era inevitable por la cantidad de sangre. En un par de horas podemos darle el alta si tolera los alimentos.
No dije nada, me pasé la mano por la nuca, mirando a través del cristal. Vi la figura pequeña de Enny encogida sobre la camilla, sosteniendo un papel arrugado contra la cara.
En mi mente volví a otra sala de hospital, otra sábana blanca, otra mujer inmóvil. Cerré los ojos un instante, dieciséis años después seguía oliendo la misma sangre.
En el marco de la puerta observaba en silencio cuando la administración mando a solicitar el pago de los servicios médicos, Ricardo dio un paso al frente para intervenir, pero levanté apenas la mano, deteniéndolo. No, era una batalla que Enny tenía que pelear sola.
Vi los pedazos del cheque caer como nieve sobre la carpeta y la postura erguida de Enny, despeinada, pálida, pero intacta en su dignidad. Sin decir una sola palabra, di media vuelta y caminé hacia la caja principal para saldar la cuenta entera a su nombre.
ENNY
El techo de la habitación era blanco, frío, surcado por una lámpara de tubo que zumbaba ocasionalmente.
Desperté despacio, lo primero que hice fue llevarme la mano derecha al vientre, buscando la presión que llevaba semanas sintiendo abajo. No había dolor, no había ese tirón caliente que me hizo caer de rodillas en la alfombra de Valentino. Solo había un vacío plano, helado, como si me hubieran arrancado algo por dentro y me hubieran dejado hueca.
Una enfermera entró acomodando una bolsa de suero en el tripie.
—No se mueva, por favor —dijo en voz baja—. Todavía tiene la canalización puesta.
La miré a la cara, sentí que la boca se me secaba de golpe.
—Mi bebé... —murmuré.
La mujer bajó los ojos, ajustó la llave del sueño con manos torpes y no me respondió. En ese silencio corto comprendí todo.
A los pocos minutos entró el ginecólogo. Se detuvo a un lado de la camilla y se quitó los lentes despacio, hizo una pausa larga antes de sostener mi mirada, con una tristeza franca que me caló los huesos.
—Lo siento mucho... —dijo en un hilo de voz—. Hicimos todo lo posible, pero no pudimos salvar a su bebé. La hemorragia era demasiado severa.
No reaccioné, tampoco le pregunté nada.
Me quedé mirando la lámpara del techo mientras las palabras flotaban en la habitación. Sentí que los sonidos se apagaban, como si me hubieran metido debajo del agua. El doctor dijo algo más sobre reposo y antibióticos, pero yo solo veía la pintura descascarada junto al foco. Ya no me quedaban lágrimas, solo un vacío tan grande que ni siquiera dolía.
La enfermera volvió más tarde y puso mis cosas sobre la mesa de noche: mi bolso de mano, el teléfono apagado y mi abrigo arrugado.
Del bolsillo del abrigo sobresalía el papel amarillo del ultrasonido.
Lo saqué con dedos pesados. Estaba doblado en cuatro, con los bordes marcados y arrugados, tal como Luca lo había apretado entre sus manos antes de metérmelo en la bolsa. La imagen del pequeño punto blanco estaba dividida por la mitad por un doblez sucio.
Recordé la biblioteca, el olor a whisky. El tono normal de su voz al decirme que era un problema, que el dinero del sobre alcanzaba para resolverlo fuera de la ciudad sin armar escándalo. Me pegué el papel arrugado al pecho y me encogí sobre la cama. El último recuerdo de mi hijo no era una cuna, ni una canción, su propio padre lo había llamado un problema unas horas antes de que su corazón dejara de latir.
En el pasillo, del otro lado del cristal, Valentino permanecía de pie, inmóvil.
El teléfono sobre la mesa de noche empezó a vibrar.
—Mamá.
Contesté, forzando la voz para que sonara estable.
—¿Hijita? —dijo al otro lado de la línea, con esa tos seca que no se le quitaba—. Me entró una llamada del hospital... me dijeron que tuviste un percance. ¿Estás bien, Enny? Se me fue el alma al suelo.
Me tragué la amargura.
—Sí, mamá. Estoy bien —mentí—. Solo fue un mareo por el trabajo, ya me van a dar de alta, no te preocupes.
—Gracias a Dios... —ella suspiró—. Cuídate mucho, mi niña. Recuerda que tú eres lo único que me queda.
Colgué y me quedé mirando la pantalla negra, no podía decírselo. No podía cargarle la muerte de mi bebé cuando ella apenas podía mantenerse de pie con su propia enfermedad.
Una mujer de administración entró a la habitación con una carpeta verde.
—Señorita Arizmendi, necesitamos liquidar la cuenta del ingreso por urgencias para autorizar su salida. ¿Va a pagar con tarjeta?
Saqué la tarjeta de débito, la mujer la pasó por la terminal una y otra vez. El aparato emitió tres pitidos secos.
—Rechazada, la cuenta está bloqueada —dijo la empleada—. ¿Tiene otra forma de pago?
No tenía nada, mis ahorros estaban restringidos por la nómina de la empresa.
Miré el sobre blanco que Luca me había dejado sobre la mesa. Con los dedos temblorosos, saqué el cheque. Tenía la firma elegante de Luca en la esquina y una cifra con bastantes ceros.
Miré el número, con ese dinero podía cubrir la cuenta del hospital. Podía asegurar el tratamiento de mi madre por meses. Incluso podía alquilar un lugar pequeño y volver a empezar, pero entonces miré la ecografía arrugada sobre las sábanas. Era el dinero con el que Luca quería pagar la muerte de mi hijo.
Aprete el papel entre las manos, acomodé la espalda recta y miré a la mujer de administración a los ojos.
Rompí el cheque por la mitad, luego en cuatro y dejé caer los pedazos sobre la carpeta verde.
La mujer de administración no dijo nada, bajó lentamente la vista hacia los pedazos del cheque. Incluso ella parecía haber olvidado la cuenta.
—Prefiero dormir debajo de un puente antes de pagar la cuenta con el dinero del hombre que mató a mi hijo —dije, con la voz firme, sin que me temblara la mandíbula.
Una hora después, la empleada volvió con la orden de alta firmada.
—¿Saldaron la cuenta? —pregunté, extrañada.
—Sí, la administración central la dio por cubierta —respondió sin dar detalles.
Salí del hospital cargando una bolsa de plástico con mi abrigo sucio y la carpeta del expediente médico. Me senté en el muro de concreto de la banqueta, sintiendo el aire frío de la mañana.
De pronto, el teléfono volvió a sonar. Era la clínica privada donde mi madre recibía su tratamiento.
—¿Licenciada Arizmendi? —habló la recepcionista—. El pago del trimestre venció ayer. Si no cubre el saldo pendiente antes de las seis de la tarde, tendremos que suspender el tratamiento y dar de alta a su madre.
El aire se me congeló en la garganta, la cifra que me dio era imposible.
Apreté el teléfono contra la oreja mientras los autos seguían pasando frente al hospital como si el mundo no acababa de derrumbarse para mi.
Ya no tenía trabajo.
Ya no tenía casa.
Ya no tenía hijo.
Lo único que me quedaba era una madre que también estaba a punto de perder.
Lo que aún no sabía era que, menos de una hora después, un hombre volvería a cambiar mi destino con la propuesta más absurda que había escuchado en toda mi vida.







