VALENTINOEl estruendo de la ambulancia al llegar a la entrada rompió la calma de la casa. Los paramédicos entraron corriendo por el pasillo con la camilla, sus botas pesadas haciendo eco contra el piso. Daban órdenes rápidas, sacando tijeras y gasas mientras cruzaban el umbral de la habitación de los huéspedes.Me quedé parado a medio metro de la puerta, inmóvil.Sin entrar, no estorbé. Acomodé la espalda contra la pared del pasillo y me limité a mirar la mancha oscura y espesa que había quedado sobre la alfombra clara, justo donde ella cayó de rodillas.El color, la textura, la forma en que la sangre se abría paso lentamente entre las fibras de la tela.Un ardor viejo me subió por la garganta.Otra vez sangre...Cerré los ojos un segundo y el aire desapareció, por un instante volvió el olor a desinfectante, a tierra húmeda y al invierno de Turín de hace treinta años.Tenía quince años la primera vez que entendí quién era mi padre, mi madre era una mujer elegante, fina, de las que ha
Leer más