CAPITULO 3

ENNY

Luca se quedó tieso con la mano sobre la perilla de madera, se le quitó la calma de golpe. Tardó un par de segundos en darse la vuelta, pero cuando lo hizo, el color se le había esfumado del rostro. Era la única variable que no tenía calculada en sus planes.

Miró mis manos que tenían la pequeña imagen de la ecografía temblando entre los dedos. Caminó tres pasos hacia mí, me quitó el papel sin pedir permiso y lo miró un largo rato, viendo al punto blanco, por un segundo tonto esperé ver algo en sus ojos, alguna duda o un rastro del hombre que había dormido conmigo durante dos años.

Luca suspiró por la nariz.

—Qué mal momento —murmuró viendo el papel—. Justo ahora.

—Es tu hijo, Luca —dije, dando un paso hacia él—. Es nuestro...

—No sé si esto cambia algo, Enny —contestó sin alzar la voz, pero con una frialdad que me caló muy hondo—. No puedo hacerme cargo de algo solo porque tú dices que es mío.

Sus palabras me dolieron más que un golpe en la cara.

—Sabes perfecto que no he estado con nadie más —dije, sintiendo que me rompía por dentro.

—Sé lo que le conviene a mi carrera —se me acercó y me acorraló contra el mueble de los libros. Me llego el olor de su whisky a la cara—. Y me conviene que esto no exista. No voy a arriesgar mi compromiso con Ana Paula ni mi puesto en la empresa por un imprevisto. El dinero del sobre alcanza para que vayas a una clínica privada fuera de la ciudad y lo resuelvas sin armar escándalo.

Dobló la imagen de la ecografía en cuatro y me la metió en la bolsa del abrigo junto con el sobre del finiquito.

—Si se te ocurre buscar a mi prometida o hablar con mi padre, mis abogados se van a encargar de hacerte la vida un infierno —me dijo al oído—. Toma el dinero y desaparece, Enny.

Abrió la puerta, el ruido de la fiesta volvió a entrar a la habitación. Luca salió sin voltear a verme, acomodándose la solapa del saco, y me dejó sola con el olor a su loción de sándalo.

Me quedé recargada contra el mueble, sentí un calor que me subió por el cuello y un mareo que me nubló la vista por completo. Me llevé las manos a la panza por instinto, sintiendo un jalón feo y profundo en el bajo vientre que me dobló las piernas. Me dieron ganas de vomitar y no podía meter aire a los pulmones. Hoy había perdido el trabajo, la carrera y al hombre que quería, pero el miedo a que ese dolor le hiciera algo a mi bebé fue lo único que me mantuvo de pie.

Salí del salón por la puerta de servicio del fondo, esquivando meseros y cajas de verdura, huyendo como si fuera una delincuente.

El aire frío de la noche me dio en la cara al salir a la calle, pero no me ayudó a respirar. Las piernas me pesaban y las luces de los coches se veían borrosas. Caminé sin ver por dónde pisaba, con los puños apretados en el estómago para aguantar las ganas de vomitar.

El sobre me pesaba en la bolsa como una marca de vergüenza, crucé la avenida hacia la parada de los camiones con la cabeza agachada, tambaleándome, sin fijarme en el cambio del semáforo.

Una luz blanca me dio de lleno en la cara.

Escuché el rechinido de unas llantas frenando, el susto hizo que me fallaran las piernas por completo; tropecé con el borde de la banqueta y caí de lado, tapándome la panza con las dos manos para proteger a mi hijo.

Un auto negro quedó cruzado a medio metro de mí.

Antes de que el conductor pudiera bajar, se abrió la puerta trasera y de ella bajó un hombre alto, de espalda ancha, vistiendo un traje gris oscuro de corte impecable. 

Caminó hacia mí sin prisa, con una presencia que parecía congelar el ruido del tráfico. Al agacharse a mi lado en el asfalto, se le vio un reloj viejo en la muñeca de oro gastado, con una correa de piel viejita que no checaba con su traje caro, pero lo que de verdad me dejo sin aliento fueron sus ojos, unos ojos grises tormentosos, pero eran los ojos más bellos que había visto jamás, con unas pestañas largas, su barbilla cuadrada y unos labios carnosos.

Volví en mi cuando me agarró del codo con fuerza.

—Ricardo, llama a una ambulancia —dijo con voz dura, que se notaba acostumbrado a dar órdenes sin esperar réplica.

—No... no me pegó el carro —dije con la voz cortada, queriendo soltarme porque la cabeza me daba vueltas—. Me caí... por el mareo...

El hombre no me soltó, me miró la cara llena de lágrimas, bajó los ojos a mis manos apretadas en la panza y me volvió a mirar a la cara.

—Usted no está bien —dijo, sosteniéndome sin esfuerzo mientras a mí se me doblaban las piernas—. Dígame a donde la llevamos, no la voy a dejar tirada en la calle.

—Vivo en el sur... puedo ir en un taxi... —dije, sintiendo que la vista se me volvía a nublar por el dolor físico.

Él se quedó callado un segundo, le pasó el pulgar a la correa gastada de su reloj antes de hablarme.

—Me llamo Valentino Ferrer.

El apellido me cayó encima como una piedra, el hombre que me acababa de levantar del suelo no era un desconocido, era el hermano mayor del hombre que me acababa de arruinar la vida.

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