Mundo ficciónIniciar sesiónVALENTINO
El trayecto en la camioneta transcurrió en un silencio pesado, cortado únicamente por el zumbido del motor. A mi lado, Enny mantenía la vista clavada en la ventanilla, apretando su bolso contra las piernas. No dijo una sola palabra desde que subió, tenía la cara pálida, los labios apretados y una postura tan rígida que parecía a punto de quebrarse si el vehículo daba un freno. La observada de reojo, sin mover la cabeza. Aceptó cuando ya no le quedó nada. No hubo negociación, ni lágrimas de chantaje, ni un solo intento de sacarme un beneficio extra. Peleó cada minuto del día, agotó cada puerta y solo me llamó cuando la vida le cerró el último aliento. Recordé a mi madre en la villa de Turín, esperando hasta el final antes de firmar la renuncia que mi padre le puso enfrente. Esta mujer no era una cazafortunas intentando meterse a la familia Ferrer, era una mujer desesperada a la que mi hermano había despojado de todo. Le hice una seña discreta a Ricardo desde el espejo retrovisor. Él entendió de inmediato, sacó su teléfono y le envió un mensaje breve. Antes de que cruzáramos tres avenidas, la cuenta entera de la clínica de su madre quedó liquidada por los próximos dos años. Sin avisarle, sin convertirlo en un favor que la humillara. —No vamos a mi casa —dije con voz baja, rompiendo el silencio del auto—. Vamos a la oficina del notario. Enny ni siquiera volteó a verme, solo asintió levemente con la cabeza, apretando más las manos sobre sus rodillas. El despacho notarial estaba en el piso dieciocho de una torre corporativa. Un espacio neutro, iluminado por luces blancas, con olor a papel limpio y muebles de piel negra. No quería nada que pareciera personal, esto no era un cortejo; Era una transacción legal para detener a Luca. Nos sentamos frente a la mesa de juntas, el notario, un hombre maduro que trabajó para mi familia desde hacía dos décadas, acomodó dos juegos de carpetas sobre la mesa y se ajustó las lentes. —Procederé a dar lectura a las cláusulas principales del acuerdo de unión civil bajo régimen de separación de bienes —dijo el hombre, con tono bajo y claro. Enny mantenía la espalda recta, mirando la carpeta cerrada sobre el escritrio. El abogado empezó a desglosar los puntos: —Primero: El matrimonio tendrá una vigencia estricta de tres años a partir de la firma de este documento, al cabo de los cuales se procederá al divorcio de mutuo acuerdo. —Segundo: La parte contratante mantendrá habitaciones independientes dentro de la residencia y conservará absoluta libertad de movimiento y decisión sobre su vida profesional. —Tercero: Queda estrictamente prohibida cualquier clase de aproximación o contacto físico no consentido entre los cónyuges. Enny parpadeó despacio. Vi cómo la tensión de sus hombros cedía un poco. Estaba esperando una jaula, un castigo o la humillación de convertirse en un adorno de mi casa. —Cuarto: La señora Arizmendi recibirá una asignación mensual fija para sus gastos personales y la cobertura total del tratamiento médico de su progenitora durante y después de la vigencia del contrato. —Quinto: La señora Arizmendi mantendrá su ejercicio profesional de manera independiente, sin interferencia de la familia Ferrer. La vi tragar saliva. Sus ojos antes llenos de desconfianza recorrieron la hoja con una confusión evidente. No era el contrato de una sirvienta ni el de un rehén, era una alianza comercial con protección legal implacable. Hasta que el notario cambió de folio. —Sexto —continuó el abogado, aclarando la garganta—: La señora deberá intentar concebir un hijo durante la vigencia del contrato para cumplir con los estatutos de la sucesión familiar. El aire se congeló en la sala. Enny bajó lentamente la vista hacia la hoja de papel. Leyó otra vez la cláusula en silencio. La volvió a leer, como si no pudiera dar crédito a las palabras impresas con tinta negra. Empezó a temblarle la mano sobre el cristal de la mesa y el aire se le acortó en la garganta. —Está diciendo... —preguntó casi en un susurro que me atravesó la piel— ...que tengo que volver a embarazarme? —Es requisito obligatorio para reclamar la sucesión, según el testamento —respondió el notario sin levantar la voz. Acababa de perder a su bebé hacía menos de doce horas en una camilla de hospital, desangrada, sola y aplastada por la crueldad de mi hermano. Y ahora, un papel frío en una mesa de cristal le pedía que pusiera su cuerpo a disposición de otro Ferrer. Enny agarró la carpeta con las dos manos y la rompió por la mitad con un tirón seco que resonó en todo el privado. Dejó caer los pedazos sobre la mesa. —Está enfermo —dijo, poniéndose de pie a tropezones, con las piernas temblándole por la rabia—. Ustedes dos están enfermos. Pensé que tenía un poco de decencia, pero es igual que su hermano. Cerré los ojos solo un segundo, aquella frase rebotó en mi cabeza como un eco gastado, exactamente la misma acusación que me repetía a mí mismo cada noche frente al espejo. Ella dio media vuelta y caminó a paso rápido hacia la puerta de salida, buscando la perilla de metal con manos torpes. No me levante de la silla, tampoco alcé la voz. —Jamás le pediría que reemplazara al hijo que perdió —dije, mirando la madera pulida de la mesa. Enny se detuvo en seco con la mano puesta sobre la perilla de metal. No volteó. El silencio en el privado se volvió tan denso que se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado. —Porque yo todavía no he podido reemplazar al mío —agregué en un murmullo helado. Enny dejó de respirar, sus dedos soltaron lentamente la perilla. No volteó, pero tampoco fue capaz de abrir la puerta para salir.






