CAPITULO 7

ENNY

Caminé tres cuadras sin saber exactamente hacia dónde iba. El sol de mediodía me quemaba los hombros, pero por dentro tenía un frío seco que no se me quitaba con nada. Las piernas me pesaban, resentidas todavía por la pérdida y la falta de alimento.

En la cabeza sacaba cuentas a velocidad desesperada, si vendía mi computadora, el teléfono y las tres joyas de oro que mi abuela me había dejado, juntaría con suerte un diez por ciento de lo que exigía la clínica. Ni empeñando mi vida entera alcanzaba a cubrir la deuda del trimestre.

Una camioneta negra se orilló junto a la banqueta con un frenazo discreto.

El corazón me dio un vuelco violento y el estómago se me hizo un nudo apretado. Por un instante pensé que era Luca, pensé que venía a rematar lo poco que quedaba de mí para asegurarse de que no volviera a levantar la cabeza.

La portezuela lateral se deslizó hacia un lado, no era Luca. Bajó el chofer de Valentino a paso firme, deteniéndose justo frente a mí.

—Señorita Arizmendi, el señor Valentino desea hablar con usted.

Apreté los puños dentro de las bolsas del abrigo, sintiendo cómo la rabia me devolvía un poco de calor al pecho.

—Ya le agradecí que me sacara del piso anoche —respondí con la voz rasposa, encarándolo—. No necesito más caridad, con permiso.

Ricardo no se movió un solo centímetro, se limitó a mantener la puerta abierta, mirándome con una calma profesional que me descolocó.

—No es caridad, señorita. El señor Ferrer no regala su tiempo.

El interior del vehículo olía a piel cara y a tabaco.

Valentino estaba sentado en la parte posterior, revisando unos folios en una libreta de cuero. Ni siquiera levantó la cara cuando subí y la puerta se cerró a mis espaldas, aislando por completo el ruido del tráfico de la avenida.

Me quedé en la orilla del asiento, lista para bajarme en cuanto dijera alguna estupidez.

—Su madre perderá el tratamiento hoy a las seis de la tarde —dijo él sin rodeos, cerrando la libreta con un chasquido limpio.

Me congelé, el aire se me atravesó en la garganta.

— ¿Cómo sabe eso? —pregunté, sintiendo que la sangre me abandonaba la cara.

Valentino cruzó las manos sobre las rodillas. Sus ojos grises me midieron con una fijeza helada, analizando mi reacción sin mostrar un solo rasgo de culpa.

—Antes de venir investigué quién era usted —respondió con absoluta normalidad.

¿También acostumbra investigar la vida privada de todas las mujeres que recoge de la calle? —le solté, echándome hacia adelante con los dientes apretados—. ¿O solo de las que tienen la desgracia de atravesarse en el camino de su familia?

Él ni se inmutó. No parpadeó, no alzó la voz ni buscó justificarse. Me sostuvo la mirada con una frialdad calculada, dejando que mi indignación rebotara contra su postura de piedra.

—Vamos a ser prácticos, Enny —dijo, usando mi nombre con una familiaridad que me revolvió el estómago—. Miremos los hechos. Perdió su empleo en la corporación, perdió su departamento esta madrugada, tiene sus cuentas bancarias congeladas por una orden administrativa y su madre necesita un depósito antes de que termine el día para no ser dada de alta.

Hizo una pausa corta, inclinándose apenas hacia mi lado.

—En este momento no tiene empleo, no tiene hogar, no tiene dinero y…perdió al hijo que esperaba.

Silencio.

No respire, sentí que alguien acababa de meterme un cuchillo entre las costillas y le daba vuelta despacio.

—¡Cállese! —grité, sintiendo que el pecho se me abria en dos.

Las sienes me retumbaban, la mandíbula me temblaba de impotencia, pero me obligué a sostenerle los ojos sin parpadear.

— ¿Ya terminó? —pregunté, y la voz me salió rota, rasposa, cargada de una amargura insoportable—. ¿Ya terminó de hacer el inventario de todo lo que perdí? Me despidieron. Me dejaron en la calle y perdí a mi hijo ¿Qué más quiere escuchar?

Valentino no parpadeó. No bajó la mirada, ni se disculpó, pero la tensión en su mandíbula delató que mis palabras habían dado en el blanco.

—Vengo a proponerle un trato —contestó él, manteniendo su tono firme—. Yo también necesito algo.

—¿Qué? —pregunté, apretando las manos sobre mis rodillas.

—Una socia.

Fruncí el ceño.

—No entiendo.

—Una mujer que firme conmigo un contrato —dijo él.

—¿De qué contrato?

Valentino sostuvo mi mirada.

—De matrimonio.

El tiempo dejó de moverse en la camioneta. Hasta el zumbido del aire acondicionado parecía haberse apagado.

Me le quedó viendo durante varios segundos, esperando la sonrisa de burla que solía poner Luca cuando se salía con la suya. Pero la cara de Valentino permaneció completamente seria, dura como el mármol.

—¿Perdón? —solté en un hilo de voz.

—Un matrimonio legal —repitió sin que le temblara la palabra—. Registrado ante un juez.

—Usted está demente —me eché hacia atrás, buscando la manija de la portezuela con la mano a tientas—. No sé qué clase de juego enfermo traiga con su hermano, pero no voy a prestarme a sus estupideces, déjeme bajar.

—Mi abuelo dejó una cláusula estricta para la sucesión del Grupo Ferrer —continuó él, como si yo no estuviera buscando la salida—. Necesito estar casado legalmente antes de la próxima reunión del consejo.

—Busque a otra —dije, logrando desactivar el seguro de la puerta—. Hay cientos de mujeres en esta ciudad que venderían a su familia por llevar su apellido.

—Pero ninguna tiene los motivos que usted tiene para querer ver a Luca fuera de esa empresa —respondió él, sacando una carpeta azul de su costado—. Le propongo un contrato de matrimonio con duración definida y cláusulas de protección.

Ni siquiera miré el documento, ni siquiera dejé que me explicara las condiciones económicas.

—Después de Luca, preferiría casarme con el diablo antes que convertirme en una mujer utilizada por otro Ferrer —dije, mirándolo directo a los ojos con todo el desprecio del que fui capaz.

—Lo entiendo —dijo él. Hizo una pausa corta, mirando fijamente hacia el cristal del parabrisas con una sombra oscura en el rostro—. Yo tampoco deseo casarme. Hace mucho tiempo que dejé de creer en el matrimonio, esto no tiene nada que ver con amor.

Valentino no intentó convencerme, ni alzó la voz, ni bloqueó la salida. Acomodó la carpeta azul sobre el asiento de piel, se reacomodó el saco y consultó el reloj de oro gastado que llevaba en la muñeca.

—No voy a suplicarle que acepte —agregó, levantando la vista—. La realidad suele convencer incluso a las personas más orgullosas. A las seis de la tarde suspenderán el tratamiento de su madre, si cambia de opinión antes de esa hora, llámeme.

Sacó una tarjeta de presentación de su bolsillo interior y la dejó sobre el asiento, justo al lado de mi bolso.

Bajé de la camioneta de un golpe. La portezuela se cerró a mis espaldas y el vehículo se incorporó al tráfico de la avenida sin prisa, dejándome sola sobre la banqueta.

Me quedé parada frente al flujo de autos, respirando con dificultad mientras apretaba entre los dedos la tarjeta con el nombre de Valentino Ferrer impreso en letras sobrias.

Miré la hora otra vez.

11:47.

Seis horas para salvar a mi madre o para convertirme en la esposa de otro Ferrer.

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