CAPITULO 4

ENNY

El trayecto en la parte trasera del Mercedes fue un suplicio de silencio. Valentino no hizo preguntas ni me miró directo. Se limitó a observar por la ventana con el codo apoyado en la puerta, mientras la luz tenue de los postes le iluminaba el perfil duro. De vez en cuando sentía que sus ojos grises caer sobre mis manos, que no dejaban de temblar encima del abrigo arrugado.

Yo apretaba el bolso contra el vientre, rezando en secreto para que el jalón sordo que sentía abajo no fuera más que el susto de la caída.

—En la esquina doblando a la derecha... ahí es —le dije al chofer con la voz rasposa.

El auto frenó despacio frente al edificio donde había vivido los últimos tres años. Era un lugar modesto en la zona sur, pero era mi hogar. O al menos eso creía antes de cruzarme con los Ferrer.

Al mirar por el cristal oscuro, el corazón se me fue hasta el suelo.

Sobre la banqueta, bajo la luz amarilla del poste, había varias cajas de cartón apiladas sin cuidado. Ropa suelta, mis libros de la universidad, zapatos y un par de cuadros estaban tirados en el suelo, expuestos como basura. El viento de la noche levantaba las hojas de mis carpetas de trabajo.

—No... no puede ser —murmuré, abriendo la puerta antes de que el vehículo terminara de parar.

Bajé como pude, tambaleándome sobre mis piernas de trapo. Corrí hacia el montón de mis cosas, cayendo de rodillas sobre el pavimento frío para juntar con manos torpes dos blusas que estaban en el suelo. Don Chayo, el guardia de seguridad del edificio, salió a la entrada con la cabeza agachada.

—Licenciada Arizmendi... —dijo, sin sostenerme la mirada—. Cuánto lo siento, de verdad.

—¿Qué es esto, Don Chayo? —sollocé, levantando la cara con el pecho agitado—. ¿Por qué sacaron mis cosas? ¡Tengo la renta pagada!

El hombre presionó la gorra de su uniforme entre las manos.

—Les pedí que esperaran a mañana, licenciada. Les dije que usted lleva años aquí y que es una buena muchacha. Pero me enseñaron una orden directa firmada por la gente del licenciado Luca Ferrer y mandaron a los muchachos a vacar el departamento. Dijeron que la propiedad es de la empresa y que la necesitaban libre esta misma noche. No me dejaron metro las manos.

El piso pareció abrirse debajo de mí.

Una parte de mí quiso correr hacia la mansión de Luca, golpearle la puerta y pedirle explicaciones de cómo era posible que me destruyera con tanta frialdad. Pero la otra, la abogada que se quedó las pestañas estudiando leyes durante años, empezó a memorizar cada detalle con una rabia sorda. Miré la fecha en la hoja del guardia, el nombre del apoderado legal que autorizó el despojo y la hora exacta del operativo. Luca creyó que me había dejado en la calle y sin defensas, pero no se dio cuenta de que me estaba entregando las pruebas de su propio abuso de poder. Aunque me hubiera quitado la casa, todavía no estaba muerta.

Metiéndome la mano al bolso, saqué mi billetera para buscar la tarjeta de débito, pero al revisar la aplicación de mi banco en el celular, la pantalla me arrojó un aviso en rojo: cuenta restringida por revisión de seguridad asociada a la nómina corporativa. Ni siquiera tenía dinero disponible para pagar una sola noche de hospedaje. Luca lo había calculado todo para ahogarme antes del amanecer.

Una sombra alta se proyectó sobre el pavimento. Valentino se había detenido a dos pasos de mí, observando las cajas destrozadas y la orden de desalojo en las manos del guardia. Miró la firma de su hermano en el papel con un desprecio silencioso. Había visto a Luca destruir empresas con números fríos en los estados de cuenta, pero nunca imaginó que también fuera capaz de destruir a una persona con esa misma soltura.

—Ricardo, sube las cajas al maletero —ordenó Valentino a su chofer con un tono tranquilo que daba miedo.

—No, espere —me limpié la cara con el dorso de la mano y me puse de pie a tropezones—. No es necesario. Le agradezco que me trajera, pero no tiene por qué hacer esto. Buscaré un hotel, hay uno a dos cuadras.

Valentino me miró desde su altura, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Usted no va a ir a ningún hotel a esta hora y en ese estado, señorita Arizmendi.

—No puedo irme con usted —protesté, sintiendo que la cabeza me daba vueltas—. Es un desconocido, ni siquiera entiendo por qué me está ayudando.

—Porque casi la atropello, porque no tiene a dónde ir y porque no voy a dejar que pase la noche tirada en la calle —dijo, cortando cualquier alegato con una firmeza que no admitía discusión. Le hizo un además a su chofer, quien ya estaba acomodando las cosas más importantes en la cajuela del Mercedes—. Ordené que preparen una habitación de huéspedes y dejen ropa limpia. Mi casa tiene espacio de sobra. Mañana, cuando tenga la cabeza fría, podrá pensar qué hacer.

El cansancio físico y el nudo en el vientre terminaron por doblarme. No me quedaba dinero, ni un techo, ni fuerzas para discutir. Asentí en silencio y volví a subir al auto.

El camino hacia las colinas de San Pedro era borroso. Llegamos a una residencia imponente, una fortaleza de piedra y madera que respiraba un lujo discreto, muy diferente a la casa de Luca.

Valentino me guio en silencio por un pasillo de techos altos hasta la recámara de visitas en la planta baja.

—Ahí está el baño —dijo, señalando una puerta de madera clara—. Dése una ducha caliente, necesita descansar.

—Gracias... —murmuré, sin atreverme a mirarlo a los ojos—. De verdad, gracias.

—Descanse, Enny. Mañana hablamos.

Cerró la puerta despacio y me quedé sola en la recámara enorme.

Caminé hacia el baño con el cuerpo pesado. Me quité la ropa arrugada, sintiendo los músculos rígidos por la tensión. Me metí debajo del agua caliente de la regadera, apoyando los puños contra el azulejo frío. Ahí, bajo el ruido del agua, me permití doblarme. Lloré en silencio, dejando que el agua se llevará la mugre de la calle y el olor a la loción de Luca.

Me cerré la bata blanca que me habían dejado sobre la barra y me sequé la cara con una toalla. Me sentí vacía, pero la rabia de abogada me dio un poco de sustento en medio de la ruina: tengo a mi bebé y tengo los nombres de quienes firmaron ese desalojo. No importaba Luca, ni el departamento, ni haber quedado en la calle. Iba a salir adelante. Y cuando llegara el momento, cada una de sus decisiones tendría que responder ante mí.

Caminé hacia la recámara para buscar un vaso con agua.

Al dar el primer paso sobre la alfombra clara, sentí algo tibio y espeso deslizándose por la parte interna de mis muslos.

Me detuve en seco.

Baje la vista lentamente. Un rastro rojo y brillante empezaba a empapar la tela blanca de la bata, goteando directo sobre el piso. En ese mismo instante, un jalón desgarrador, como si me clavaran un fierro caliente en el bajo vientre, me dobló por la mitad.

El dolor me quitó el aire. Se me cayeron las manos a la panza, apretándome la bata manchada de sangre con los dedos temblorosos.

—No... mi bebé no, por favor... —supliqué en un gemido de puro terror—. Por favor, a él no...

Las piernas no me sostuvieron más y caí de rodillas sobre la alfombra. Un mareo negro me cerró los ojos por completo.

—¡Valentino! —alcancé a gritar con lo último que me quedaba de voz.

La última imagen que vi antes de perder el conocimiento fue la puerta abriéndose de golpe y los ojos grises de Valentino mirándome desde el umbral.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP