El calor de Tánger no era nada comparado con la presión que Lucía sentía en el pecho al ver esos tres puntos rojos en la pantalla. Eran marcadores láser de grado militar, invisibles al ojo humano pero detectables por el escáner térmico que Diego había modificado. Estaban siendo apuntados desde los tejados circundantes de la Medina.
—No tenemos doce horas —susurró Diego, apretando la mandíbula mientras terminaba de ajustarse el vendaje de la pierna con cinta americana—. Arturo nos está dando un