El resplandor anaranjado de la mansión Valdivia iluminaba el cielo de Marbella como una pira funeraria. Desde la espesura del bosque de pinos que bordeaba la propiedad, Lucía, Diego y Mateo observaban cómo los helicópteros de las fuerzas especiales descendían sobre las ruinas humeantes. El estruendo de las palas de los rotores cortaba el aire, un sonido que para ellos ahora significaba una sentencia de muerte.
Diego se apoyaba con pesadez en un tronco, su respiración era un silbido errático. La