El Dr. El Ceo y Yo

El Dr. El Ceo y YoES

Romance
Última actualización: 2026-03-01
L. Alejandra  En proceso
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Resumen
Índice

"En un mundo de alianzas de sangre y contratos de seda, la verdad es el arma más peligrosa." Bella Brown tenía una vida perfecta, o eso creía el mundo. Pero tras la fachada de la hija del influyente diputado Lucas Brown, se escondía una joven dispuesta a todo por amor filial. Cuando su padre cae en una red de corrupción y su salud colapsa, Bella acepta el trato más amargo de su vida: casarse con Dylan Gallardo, un CEO tan implacable como atractivo, cuya única ley es el beneficio propio. Sin embargo, la noche de su boda, Bella descubre una verdad devastadora:fue una venta. Su propio padre la entregó como moneda de cambio. Desesperada, huye hacia en la carretera, donde un brutal accidente le regala la única salida posible: la muerte antes el mundo. Años después, en una remota base militar, nace la Dra. Brown, Bella ha reconstruido su vida, intentando olvidar las cicatrices de su pasado. Pero el destino tiene otros planes. En la base se encuentra con Ariel, que dejó plantado y que aún busca respuestas en el fondo de sus ojos. Y sobre todo, se enfrenta al Capitán un hombre que es tanto un guerrero de élite como un médico brillante; el único que conoce el secreto de la noche en que ella intentó borrarse del mapa y que ahora está decidido a protegerla, aunque eso signifique enfrentar a su propio hermano. Mientras tanto, en la ciudad, el CEO no ha olvidado. Dylan Gallardo sigue buscando a su "esposa", convencido de que ella es la pieza que le falta para completar su imperio. Entre el deber de un médico, la protección de un militar y la obsesión de un CEO, Bella deberá decidir si seguir huyendo o usar sus cicatrices como armadura para reclamar su libertad

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Capítulo 1

Capítulo 1: El precio de una joya

 

El frío del collar de diamantes contra mi cuello me resultaba insoportable, como si fuera una cadena de hierro disfrazada de lujo. Me miré al espejo del vestidor del hotel, viendo a una extraña vestida de blanco. El vestido era una obra de arte de seda y encaje francés, pero para mí, no era más que el uniforme de una rendición. Me llamo Bella Brown, y hoy, técnicamente, me convertí en la propiedad de Dylan Gallardo.

Hice esto por mi padre. Lucas Brown siempre fue mi héroe, el hombre que me crió entre discursos políticos y promesas de un mundo mejor. Cuando me dijo que su corazón fallaba, que el estrés de las falsas acusaciones de corrupción lo estaban matando y que solo la influencia de Dylan podía salvarlo de la cárcel y conseguirle un donante, no lo dudé. Acepté el compromiso como quien acepta una misión de rescate.

—Estás hermosa, princesa —la voz de mi padre me sacó de mis pensamientos. Lo vi por el reflejo del espejo. Se veía radiante, con un traje impecable, recuperado milagrosamente del decaimiento de las semanas anteriores.

—Espero que esto sea suficiente, papá —susurré, girándome hacia él—. Dylan ya tiene lo que quería. Ahora te toca a ti recuperarte. Tienes el trasplante asegurado, ¿verdad?

—Todo está bajo control, Bella. Gracias a ti, nuestra familia volverá a estar en la cima.

Me dio un beso en la mejilla, un beso que en ese momento sentí cálido, pero que horas después recordaría como el beso de Judas.

La ceremonia fue un despliegue de opulencia obscena. Dylan Gallardo, el CEO más cotizado del país, me miraba con una intensidad que otros habrían confundido con amor, pero que yo sabía que era puro triunfo. Él no quería una esposa; quería el linaje de los Brown, el respeto que mi apellido aún mantenía en ciertos círculos y, por supuesto, el control total sobre los terrenos que mi padre legalmente aún poseía.

Durante el banquete, las sonrisas me dolían. Mantenía mi máscara de felicidad, saludando a amigos hipócritas y socios de la firma que solo veían en nosotros una fusión empresarial exitosa. Pero la máscara empezó a agrietarse cuando, buscando un poco de aire, me alejé hacia el balcón de la suite nupcial. Antes de salir, escuché voces en el despacho privado conectado a la habitación. La puerta estaba entreabierta.

—Aún no puedo creer, suegro, cómo todo esto funcionó —era la voz de Dylan. Fría, despojada de la calidez fingida del altar.

—Ella haría todo por su padre, te lo dije —esa voz... era mi padre. Mi sangre se heló—. Ahora que estamos de viaje, le dirán que me operaron de éxito, así que cumple con tu parte del trato.

Un silencio pesado cayó en la habitación, roto solo por el sonido de un papel siendo deslizado sobre un escritorio de caoba.

—Aquí tienes el 20 por ciento de mi compañía —dijo Dylan con un tono de desprecio.

—¿El 20? Era la mitad de tus acciones lo que acordamos, Dylan —reclamó mi padre, y mi corazón se detuvo. No había rastro de debilidad en su voz, no había rastro de un hombre enfermo.

—Un 35 por ciento adicional es de mi esposa, Bella. ¿De verdad pensaste que te lo daría a ti, Brown? Fuiste capaz de vender a tu propia hija por un fajo de acciones y una campaña limpia. No me creas tan estúpido.

Me apoyé contra la pared, sintiendo que el mundo giraba violentamente. No había operación de corazón. No había una muerte inminente si yo no me casaba. Todo había sido un teatro orquestado por el hombre en quien más confiaba en el mundo. Lucas Brown no me había pedido un sacrificio; me había puesto una etiqueta de precio y me había subastado al mejor postor. Mi padre me había vendido.

Las lágrimas empezaron a caer, pero no eran lágrimas de tristeza, eran de una furia gélida. Me arranqué el collar de diamantes, sintiendo cómo algunos eslabones se rompían, y lo dejé caer sobre la alfombra. No podía quedarme ahí. No podía ser el activo financiero de dos hombres sin alma.

Salí de la suite corriendo, esquivando a los invitados que aún celebraban mi desgracia en el salón principal. Me quité los tacones en el pasillo y corrí descalza hasta el estacionamiento subterráneo. El vestido pesaba quintales, una armadura de seda que me asfixiaba. Encontré el auto de mi padre, las llaves estaban en el lugar de siempre por si el chófer necesitaba moverlo.

Arranqué el motor con un rugido que acalló mis propios sollozos. Salí del hotel a toda velocidad, dejando atrás las luces de la ciudad. Mi teléfono empezó a sonar en el tablero. "Dylan". Luego "Papá". Los ignoré. Mi mente era un torbellino de traición. Recordé a Sila y a Cassy, mis amigos de la juventud, y cómo ellos siempre me advirtieron que el mundo de mi padre era un nido de víboras. Cuánta razón tenían.

Conducir con ese vestido era casi imposible. La tela se enredaba en los pedales y mi visión estaba borrosa por las lágrimas y el rímel corrido. "Eres el tesoro más hermoso de nuestras vidas", me había dicho mi padre años atrás. Qué mentira tan bien ensayada.

Llegué a una estación de servicio en las afueras y, con manos temblorosas, alquilé un auto genérico, un sedán gris que no llamara la atención. Dejé el coche de mi padre allí, sabiendo que tenía GPS. Lancé mi teléfono al asiento trasero del auto abandonado y me alejé hacia la carretera interestatal.

Llevaba horas conduciendo hacia ninguna parte cuando el cansancio y el shock finalmente me vencieron. Por un segundo, agaché la cabeza para buscar una botella de agua en el suelo del coche, y fue entonces cuando la realidad se volvió negra.

Unas luces cegadoras me golpearon de frente. El sonido del metal retorciéndose fue lo último que escuché antes de sentir que el auto daba vueltas. El impacto fue una explosión de dolor y luego, un silencio absoluto.

En medio de la oscuridad, sentí una paz extraña. Mi vida pasó ante mis ojos como una película mal editada. Vi a mi madre, vi a Sila, y vi la cara de mi padre desvaneciéndose.

—Aguanta, Bella. Saldrás de esto, tan solo aguanta —una voz suave, como un eco de mi madre, me pedía que no me rindiera.

Sentía mi cuerpo pesado, sumergido en un océano de sombras, hasta que una mano fuerte golpeó lo que quedaba de mi ventana.

—¡Eh! ¡Mírame! No cierres los ojos —era una voz masculina, autoritaria pero cargada de una urgencia desesperada—. Soy médico. ¡Quédate conmigo!

Abrí los ojos por un instante. Entre el humo y los cristales rotos, vi a un hombre joven con una chaqueta militar. Sus ojos eran lo único que podía enfocar, unos ojos verdes azulados que me miraban con una intensidad aterradora.

—Ayuda... —susurré sin saber por qué, o quizás simplemente delirando.

—Me llamo Noah, sí. Y no voy a dejar que te vayas hoy, desconocida de blanco —dijo él mientras empezaba a cortar el cinturón de seguridad—. Tienes mucha vida por delante para estar vestida para un funeral.

El mundo se volvió a apagar, pero esta vez, el calor de su mano en mi cuello se sintió más real que los diamantes de Dylan Gallardo. Esa noche, Bella Brown murió en aquella carretera. Pero entre los restos del coche y las manos de aquel militar, algo nuevo estaba a punto de nacer.

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Cenizas y Renacimiento
Entre camillas y confusiones
Capítulo 4: Código Rojo y Fantasmas del Pasado
Capítulo 5: Sombras en la noche y un beso interrumpido
El eco del pasado
Capítulo 7: El peso del silencio
capitulo 8
Capítulo 9: El lenguaje del hielo
Capítulo 10: Viejas heridas, nuevos incendios
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