Narrado por Emma
El silencio de la cabaña, que antes me resultaba protector, ahora se sentía como una mortaja. Estaba sentada en el borde de la cama, mirando mis manos temblorosas, mientras el sonido de la lluvia golpeando el techo de madera se mezclaba con el eco de los golpes que Noah le había dado a Dylan.
Noah entró en la habitación con un cuenco de agua tibia y un paño limpio. Tenía el labio partido y los nudillos hinchados, amoratados por el impacto contra los huesos de mi torturador. Se