Capítulo 8: Sombras de un beso traicionero
La mañana comenzó con un nudo en la garganta. Noah me citó en el hangar, con su equipo táctico puesto y esa mirada de acero que solo usaba cuando el deber lo reclamaba fuera de los muros de la base.
—Es una misión de reconocimiento, Emma. No debería tomarnos más de diez horas —dijo, ajustando las correas de su chaleco. Se acercó a mí, ignorando a los soldados que cargaban el helicóptero—. Prométeme que descansarás. No quiero volver y encontrarte con la