El aire dentro de la sacristía privada de la Catedral de San Juan de Letrán era denso, impregnado de un olor a madera antigua, cera de abeja y el aroma embriagador de un coñac que costaba más que la vida de cualquier hombre común.
Stefano Greco, con su impecable traje hecho a medida y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos de reptil, sostenía una copa de cristal tallado frente al Cardenal Visconti.
Visconti, envuelto en sus vestiduras púrpuras, parecía la viva imagen de la santidad corrompida