Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio en la habitación de la clínica era tan denso que el rasgar de la pluma sobre el papel se escuchaba como un estruendo. Darío Ferraro, o el hombre que hasta ese momento había portado ese nombre como un escudo y una corona de espinas, sostuvo la pluma estilográfica sobre la línea de puntos.
Sus dedos, marcados por cicatrices que contaban historias de noches violentas y decisiones implacables, temblaron apenas un milímetro.
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