El estruendo del órgano de la Catedral de San Juan de Letrán sacudió los cimientos de piedra milenaria, anunciando el inicio de una de las ceremonias más esperadas por la alta sociedad italiana, y del cotilleo de los medios.
Las notas de la marcha nupcial, pesadas y solemnes, flotaban en un aire viciado por el aroma de miles de lirios blancos y el perfume costoso de la élite que abarrotaba los bancos de madera tallada.
Bajo la luz cenital que se filtraba por los vitrales, docenas de cámaras de