El estruendo del órgano de la Catedral de San Juan de Letrán sacudió los cimientos de piedra milenaria, anunciando el inicio de una de las ceremonias más esperadas por la alta sociedad italiana, y del cotilleo de los medios.
Las notas de la marcha nupcial, pesadas y solemnes, flotaban en un aire viciado por el aroma de miles de lirios blancos y el perfume costoso de la élite que abarrotaba los bancos de madera tallada.
Bajo la luz cenital que se filtraba por los vitrales, docenas de cámaras de televisión, montadas sobre grúas silenciosas, se movían como depredadores, transmitiendo cada detalle del evento a millones de pantallas en todo el país, e incluso, a medios internacionales.
Para el mundo exterior, era la boda del siglo, la unión de la última heredera Mancini con la rancia aristocracia de los Aldobrandi. Pero para los que conocían la verdad, el templo se había transformado en un coliseo romano donde la sangre estaba a punto de teñir el mármol.
Luciana Mancini apareció al fondo d