Mundo ficciónIniciar sesiónLa lluvia no cesaba, cayendo como un velo de purificación sobre las cúpulas de Roma, pero para Darío Ferraro, el agua se sentía como ácido helado sobre la piel.
Se encontraba en el borde del abismo, en la cima de la Catedral de San Juan de Letrán, mirando hacia abajo.
Allí, colgado de una gárgola de piedra cuya boca abierta parecía burlarse de la fragilidad humana, estaba Stefano Greco. El hombre que le había dado la vida solo para convertirla en un infierno, el arquitecto de su miseria y el asesino de su paz.
Stefano lo miraba con ojos desorbitados, el pánico reemplazaba la euforia demente de hacía unos segundos y sus dedos, aristocráticos y finos, acostumbrados a firmar sentencias de muerte y a sostener copas de cristal, se aferraban con una fuerza desesperada a la piedra mojada y cubierta de musgo.
— ¡Darío! ¡Sálvame! — el grito de Stefano fue un chillido agudo que el viento casi se tragó —. ¡Soy tu sangre! ¡No puedes dejar que esto termine así!







