Roma no los recibió con su habitual gloria dorada, sino con un cielo de plomo que parecía desplomarse sobre las cúpulas milenarias.
Una lluvia torrencial, fría y violenta, azotaba los adoquines de la Vía Appia mientras el convoy encubierto se deslizaba hacia el corazón de la cristiandad.
El ambiente era lúgubre, el sonido del agua golpeando el techo de la furgoneta negra rítmicamente se sentía como el redoble de un tambor fúnebre presagiando la tragedia que estaba a punto de desatarse en la Cat