80 La Fuga Silenciosa

La costa de Calabria era un testimonio de aspereza y olvido, cuando la lancha, ya casi sin combustible, tocó tierra en una pequeña cala de arena oscura y guijarros afilados, Darío sintió que el frío de la madrugada le perforaba los huesos, pero era nada comparado con el vacío en su pecho.

Habían navegado durante horas bajo el manto de la noche, en una esperanza de escape que se sentía hueca sin Luciana, y, a pesar de que había pilotado, Darío solo había sido un cuerpo sentado, rígido, con las manos temblando en un puño cerrado en timón.

El primer rayo de sol asomó por el Adriático, pintando la costa de un gris metálico, Elena bajó del bote, sus pantalones de mezclilla estaban pesados por el agua salada y sus hombros curvados por el agotamiento.

— Hemos llegado al punto ciego — dijo con voz era áspera, desgastada por la brisa marina — La lancha de Greco no pudo seguirnos, no por aquí.

Darío no respondió. Sus ojos estaban fijos en la estela que la lancha dejaba en la orilla, una línea e
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