Apenas un par de minutos después de que Luciana hubiese despertado, la puerta se abrió con una reverencia casi silenciosa, y el Senador Stefano Greco entró en la habitación.
Vestía un traje de lino oscuro que le daba un aire de autoridad indiscutible, digno de un político de su estatura, y su rostro mostraba una compleja careta de preocupación paternal, un acto que Luciana conocía y odiaba desde la infancia.
Se acercó a la cama con pasos lentos y mesurados, tomó una silla y se sentó al lado, como un médico de cabecera.
—Hija mía — dijo, y la falsa ternura en su voz era un cuchillo bien afilado — Me alegra tanto que hayas despertado, ¡gracias a la fortuna estás bien!
Luciana tiró ligeramente de las correas, actuando débilmente asustada.
— Padrino… — su voz temblaba — ¿Por qué estoy atada? ¿Por qué no recuerdo nada? estaba en la gala… ¿no?¿Qué ha pasado? La enfermera me habló de un yate, y de un accidente, padrino, ¡dime, por favor! — Ella dramatizó lo mejor que pudo, y de verdad que su