Apenas un par de minutos después de que Luciana hubiese despertado, la puerta se abrió con una reverencia casi silenciosa, y el Senador Stefano Greco entró en la habitación.
Vestía un traje de lino oscuro que le daba un aire de autoridad indiscutible, digno de un político de su estatura, y su rostro mostraba una compleja careta de preocupación paternal, un acto que Luciana conocía y odiaba desde la infancia.
Se acercó a la cama con pasos lentos y mesurados, tomó una silla y se sentó al lado, co