El golpe de adrenalina que había propinado y recibido de Marco Bianchi comenzó a desvanecerse tan pronto como Dario se lanzó a la carretera principal, a varios kilómetros de donde había dejado al detective en el barro.
Necesitaba desaparecer de los ojos de la policía que patrullaba los alrededores del aeropuerto de Ciampino y, para un hombre de su calibre, la invisibilidad se encontraba en los lugares más cotidianos y olvidados.
La lluvia caía torrencialmente como un velo espeso que ahogaba el