La ansiedad de Dario crecía. Luciana estaba sola en el búnker, ya había soportado un segundo ataque y no sabía si tendría que enfrentarse a otro, seguramente estaba aterrada, y su silencio y falta de comunicación solo aumentaría su miedo.
De repente, el motor comenzó a toser. Un sonido seco, errático, como si el coche se estuviera ahogando.
— ¡No, no, no ahora! — maldijo Salvatore, pisando el acelerador — ¡Maledizione! — Escupió de nuevo, pero esta vez lleno de impotencia y rabia.
El Alfa Romeo