La distancia entre la villa en la Toscana y la suite ejecutiva de Elena Ferraro en Roma era de apenas unas horas en carretera, pero en términos de vigilancia, eran mundos aparte.
Dario se movía por la capital como un fantasma de alta costura, un maestro de la invisibilidad que utilizaba túneles de servicio, vehículos blindados y una red de lealtades que había tardado décadas en construir.
Su objetivo era la residencia de su hermana, un lujoso ático de dos pisos en el exclusivo distrito de Pario