Dario se deslizó por el conducto de ventilación con la gracia silenciosa de un animal. Su cuerpo, ahora tenso por la angustia y la necesidad de acción, se sentía pesado, pero cada movimiento estaba calculado. Al descender por la fachada posterior del ático, sus ojos de lince barrieron el entorno de la calle desierta antes de salir.
Ahí estaba. A unos cincuenta metros de distancia, oculto a medias por las sombras proyectadas por una farola defectuosa, el detective Marco Bianchi estaba acurrucado