El amanecer se alzó con un resplandor grisáceo, como si el cielo dudara en decidir si debía regalarles un día nuevo o sumirlos en una penumbra interminable. La niebla cubría los bosques del norte con un velo espeso, húmedo, que impregnaba la piel y el ánimo de todos. No había cantos de aves, ni aullidos a lo lejos, ni murmullo de agua entre las piedras; solo el silencio. Un silencio que pesaba.
Amara caminaba entre los troncos cubiertos de escarcha, sus botas marcaban huellas pr