La sala del consejo estaba cargada de una tensión invisible, casi física. El aire olía a cera derretida y a hierro, pues las antorchas que iluminaban el recinto ardían sobre soportes de metal bruñido. El eco de pasos resonaba en el suelo de piedra, interrumpiendo el silencio solemne que envolvía a todos los presentes.
Amara, sentada en su asiento de mármol tallado, parecía una estatua de obsidiana. Sus ojos violetas se mantenían fijos en los emisarios que habían llegado desde lo