La noche se cernía sobre Luminaria con un silencio extraño, un silencio que no era paz, sino preludio. El aire olía a hierro y a tormenta, como si la tierra misma anticipara la sangre que estaba por derramarse. El faro en lo alto del acantilado destellaba con su fulgor mágico, pero incluso esa luz titubeaba bajo la presión de lo que se acercaba.
Amara estaba de pie en la terraza del Consejo, su silueta recortada contra la luna carmesí. El viento jugaba con sus cabellos oscuros y