La tarde caía suave sobre la mansión, y el jardín seguía iluminado por un sol cálido que hacía brillar las hojas del césped. Ana Lucía había decidido llevar a Emma afuera, pues supo por las empleadas que durante los dos días que estuvo ausente, Catalina no había permitido que la niña jugara con el perro Rey. La excusa era que “Emma podría desarrollar alergias”.
—¡Quiero jugar con Rey! —protestó Emma mientras se calzaba los zapatos.
—Y por eso estamos aquí, cariño —le sonrió Ana Lucía, atándole