El silencio de la noche envolvía la mansión, mientras la luz cálida de una lámpara iluminaba tenuemente la habitación de Ana Lucía. Maximiliano, todavía con la mirada fija en ella, suspiró profundamente y, sin decir palabra, se quitó los zapatos con un movimiento lento y decidido.
Ana Lucía lo observó sorprendida y preguntó con una mezcla de curiosidad y diversión.
—¿Qué haces?
Él sonrió con cierta ternura y respondió sin apartar la vista de sus ojos.
—Tengo sueño. Estoy cansado.
Con movimiento