El pasillo de la mansión parecía más silencioso de lo normal después de que Maximiliano se marchara. Aquel silencio no era cómodo, sino denso, como si las paredes mismas contuvieran la respiración, escuchando lo que pasaba en cada rincón. Ana Lucía seguía en su habitación, sentada frente al escritorio, con los labios aún tibios por el beso que él le había dado minutos antes. Su corazón latía con tanta fuerza que podía escucharlo en sus propios oídos, un golpeteo frenético que no sabía si se deb