El despacho de Maximiliano en la empresa Santillana estaba sumido en un silencio denso, apenas roto por el zumbido monótono del aire acondicionado. La luz blanca del ventanal caía sobre su escritorio de madera oscura, donde varios informes esperaban su firma. Sin embargo, él no podía concentrarse; la tinta en las páginas parecía desvanecerse frente a sus ojos cada vez que su mente regresaba a la misma imagen: el almuerzo con Catalina, inmortalizado en todos los titulares.
La pantalla de su comp