La puerta de la oficina quedó completamente cerrada, como si el mundo exterior supiera que no debía interrumpir. El aire acondicionado susurraba suavemente, apenas moviendo los flecos de la cortina. La ciudad se extendía más allá del ventanal como un mar de cristal y concreto, pero para Maximiliano, solo existía ese instante, esa mujer sentada frente a él, con los labios aún húmedos por el beso.
—Ven —le dijo en voz baja, tomándola de la mano—. Quiero que te sientes conmigo.
La condujo al gran