El reloj marcaba las 11:46 a. m. cuando Maximiliano dejó la pluma sobre el escritorio y empujó con brusquedad los papeles a un lado. El murmullo constante y el ocasional golpeteo del teclado de su asistente eran lo único que lo mantenía en la rutina. Pero su mente… estaba lejos. Muy lejos.
Ana Lucía.
Su nombre lo golpeaba como una punzada en el pecho cada vez que lo pronunciaba mentalmente. Como un eco que no cesaba, como una herida que no cerraba. La ausencia de su voz, de sus manos, de su ris