Catalina permanecía sentada en la orilla de la cama de Emma, con las piernas cruzadas y la espalda tan recta que parecía una figura tallada en mármol. No se apoyaba en nada, como si el simple acto de posar allí pudiera marcar su territorio de madre recuperada. Su vestido—un entallado color marfil sin una arruga a la vista—parecía demasiado pulcro, demasiado preparado para el ambiente relajado y caóticamente encantador de una habitación infantil. Todo en ella desentonaba un poco, como una pintur