Ana Lucía estaba por subir al auto, con la mochila colgada del hombro, cuando una voz masculina, grave y firme, la detuvo como un rayo inesperado.
—Alvarado, yo llevo a la señorita.
El sonido fue como un golpe suave en el pecho. Ana Lucía se giró, sorprendida. Al ver a Maximiliano de pie junto al coche, su expresión se suavizó de inmediato. Por dentro, la emoción se arremolinó, le vibró en el estómago como un secreto que quería gritar, pero su rostro permaneció sereno. Tenía que disimular. Aún