El quirófano estaba iluminado por una luz blanca e implacable. Los reflectores estériles caían sobre el cuerpo inmóvil de Ana Lucía, bañado en un sudor frío que contrastaba con la palidez de su piel. El sonido metálico de los instrumentos, el pitido constante del monitor cardíaco y el murmullo bajo de los médicos llenaban el aire como una orquesta fúnebre que luchaba contra el silencio absoluto de la muerte.
El olor era fuerte: una mezcla penetrante de desinfectante, látex y sangre fresca que i