El pasillo del hospital estaba impregnado de un olor penetrante a desinfectante, ese aroma metálico y frío que siempre parece anunciar dolor y esperanza a la vez. Las luces fluorescentes zumbaban suavemente, bañando todo con una claridad artificial, blanca y despiadada. El eco de pasos apresurados y ruedas de camillas retumbaba como un pulso constante, mezclado con el murmullo lejano de voces.
Maximiliano entró corriendo con Emma en brazos. Su respiración era agitada, su pecho se levantaba y ba