El anochecer apenas se insinuaba en el horizonte cuando la sala de operaciones comenzó a aquietarse. El aire del quirófano estaba cargado de un cansancio pesado, mezclado con el aroma penetrante de desinfectante, sudor y sangre seca. Las batas verdes del equipo quirúrgico parecían pegadas a la piel, y los rostros, marcados por ojeras y gotas de sudor, reflejaban la intensidad de la batalla librada durante horas.
La doctora Morales dejó caer los hombros, como si una montaña entera se hubiera des