La tarde se deslizaba sobre la ciudad con un calor amable, de esos que invitan a prolongar las caminatas y detenerse en los escaparates. Desde el taxi, Ana Lucía observaba el paisaje urbano: fachadas de colores gastados, puestos de frutas que derramaban aromas dulces en las esquinas, niños que corrían detrás de una pelota en un parque improvisado entre edificios. A su lado, Emma llevaba la nariz pegada al vidrio, maravillada por cada detalle.
—Ana, mira… un señor que vende burbujas —dijo la niñ