El sol de la mañana bañaba la ciudad con un resplandor tibio. El aire fresco de finales de verano traía consigo aromas mezclados: el pan recién horneado de la panadería de la esquina, el café tostado de los bares abiertos desde temprano, y un ligero rastro de gasolina que flotaba en las avenidas atestadas.
Ana Lucía había decidido llevar a Emma de compras para la sorpresa. La niña se había levantado entusiasmada, con sus pequeños ojos brillantes y el cabello revuelto que se negaba a permanecer