La noche había caído sobre la mansión Santillana como un velo espeso que sofocaba hasta los pensamientos. Desde los jardines ascendía el olor húmedo de la tierra regada, mezclado con el perfume penetrante del jazmín que trepaba por los muros de piedra. El viento apenas movía las copas de los cipreses, produciendo un susurro grave, como un secreto guardado en la oscuridad. Dentro, el comedor resplandecía con una falsa calidez: lámparas de cristal colgaban pesadas sobre la mesa interminable, dond