La noche había llegado y la mansión Santillana estaba sumida en un silencio extraño aquella noche. Afuera, el cielo se había cerrado con nubes pesadas, y el aire húmedo cargaba un olor metálico, como si en cualquier momento fuera a estallar una tormenta. Dentro, el eco de los pasos se perdía en los pasillos largos y fríos, pero en una de las habitaciones, el ambiente era muy distinto.
Emma yacía en su cama, la frente perlada de sudor, los labios resecos y agrietados, los ojos cerrados pero inqu