La tarde descendía con una lentitud melancólica sobre la mansión Cisneros. Afuera, el cielo se teñía de un gris pálido, con nubes como copos de algodón sucio que pasaban lentas, casi adormecidas. Desde la ventana del salón principal, Ana Lucía podía ver cómo las hojas de los robles altos se mecían con un ritmo apático, arrastradas por un viento tibio que no lograba refrescar el aire, solo lo agitaba con desánimo.
El ambiente dentro de la casa era igual de espeso. La mansión tenía ese silencio c