La tarde caía con una lentitud casi dolorosa, tiñendo el cielo de un ámbar profundo que se filtraba a través de los ventanales altos de la mansión. Las sombras se alargaban sobre el mármol del vestíbulo, y el silencio reinante parecía amplificar cualquier sonido: el goteo pausado de la fuente del jardín, el crujido de un paso lejano, el leve aleteo de una cortina que danzaba con el viento.
Ana Lucía caminaba por el pasillo principal con las manos entrelazadas sobre su abdomen, los dedos tensos,