La mañana se abrió paso con un cielo despejado, bañado de un azul delicado y unas pocas nubes que parecían algodón flotando sobre la mansión. El canto suave de los pájaros se colaba por los ventanales abiertos, mezclándose con el aroma del pan tostado y el café recién hecho. Ana Lucía ya estaba despierta, con el cabello recogido en una trenza desordenada y una taza entre las manos. Sus ojos, sin embargo, no estaban en el desayuno, sino en la escalera que llevaba al segundo piso, donde dormía Em