La noche caía sobre el bosque como un manto de tinta derramada. Lía y Kael avanzaban en silencio, sus pisadas apenas audibles sobre el suelo cubierto de hojas húmedas. El aire olía a tierra mojada y a peligro. Estaban cruzando la frontera invisible que separaba su territorio del clan Colmillo Negro, enemigos ancestrales que ahora tenían algo infinitamente más valioso que cualquier disputa territorial: tenían a Elian, uno de sus trillizos.
—Debemos descansar —susurró Kael, deteniendo su avance c