El amanecer se filtró entre las cortinas del refugio como un intruso silencioso. Lía despertó con esa sensación de vacío que solo las madres reconocen, ese hueco en el pecho que anuncia que algo no está bien. Se incorporó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas. Algo faltaba. Alguien faltaba.
—¡Mateo! —gritó, corriendo hacia las habitaciones de los niños.
Sus pies descalzos golpeaban el suelo frío mientras el pánico crecía en su garganta. Abrió la puerta de un tirón. Las cama