El bosque se había convertido en un laberinto de sombras y susurros. La noche caía implacable mientras el aullido de los lobos rasgaba el aire, llamando a un pequeño que no respondía. Lía sentía que cada minuto que pasaba era como un cuchillo hundiéndose más profundo en su pecho. Sus manos temblaban incontrolablemente mientras recorría el perímetro norte junto a un grupo de betas.
—¡Elian! —gritaba hasta que su garganta ardía, pero solo el eco de su propia voz le respondía.
El viento helado le