El aullido de alarma rasgó la noche como una daga afilada. Lía se incorporó de golpe en su cama, con el corazón martilleando contra sus costillas. No era un aullido cualquiera; era la señal de alerta máxima de la manada. Algo estaba terriblemente mal.
Se vistió a toda prisa mientras escuchaba pasos apresurados por los pasillos de la casa principal. Cuando abrió la puerta, se encontró con el rostro tenso de Kael.
—Quédate con los niños —ordenó él, con la voz ronca y los ojos brillando con un des