El estruendo de las alarmas en el edificio de los Praetorian se mezcló con el siseo de las luces de emergencia. Elara sintió un tirón violento en el vientre, pero esta vez no era el miedo, era el inicio de su propia ejecución teatral.
— ¡Dante! — el grito de Elara rasgó el aire denso, cargado de pánico.
Se desplomó sobre el suelo de hormigón, arqueando la espalda. Sus manos se aferraron a su abdomen con una fuerza que hizo que sus nudillos se volvieran blancos. Sus pupilas se dilataron, inundan