El mármol de la Villa di Pietra estaba cubierto de miles de rosas blancas que exhalaban un perfume dulce, casi anestésico. No había prensa, ni socios externos, ni guardaespaldas con fusiles a la vista.
Dante esperaba frente al altar improvisado en el jardín. Lucía un traje negro a medida que acentuaba la envergadura de sus hombros y esa mandíbula de acero que, por primera vez, no estaba apretada en un gesto de guerra.
Cuando Elara apareció, el aire se detuvo. Caminaba sobre la alfombra de pétal