El aire en Siena era puro, no sabía a asfalto quemado. Sabía a tierra húmeda, a romero silvestre y a una libertad que escocía en los pulmones por su pureza. Elara apoyó la frente contra el cristal del coche mientras avanzaban por el sendero flanqueado de cipreses.
La Villa di Pietra se alzaba sobre la colina como un gigante de piedra ocre, bañada por un sol de tarde que parecía derretirse sobre los tejados de terracota. Era el final del camino. El silencio de la Toscana era tan absoluto que Ela